Jan de Vita, seudónimo. Escritores palmareños.

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¿Quien es  Jan de Vita?:

Este sujeto que en ocasiones se calza el disfraz de escritor, mostraba ya desde pequeño algunas dotes literarias si bien es cierto que no cogió una novela hasta los veinticinco. Es en ese momento, cursando su segunda titulación universitaria (Maestro) cuando descubre una mayor inquietud por crear artículos de crítica social que publica en una web de Internet. Tras un escueto periplo por tierras británicas como au-pair, regresa a la capital de España donde se estrena por primera vez como docente. Los años sucesivos ejerce en El Palmar, Patiño y Ba rqueros. Es en los últimos tres años, y tras un sabático periodo sin escribir de una década, cuando vuelve a tomar la estilográfica para elaborar relatos cortos. Uno de ellos queda segundo en un certamen literario entre más de doscientos y toda la colección (trece relatos, porque nunca fue supersticioso) pasa a la final en el certamen de una editorial entre dos mil obras. El pseudónimo que elige para su alter ego literario es Jan de Vita y la obra que recopila sus relatos es Tinta a cuentagotas, aún sin publicar. Algún día descubriremos la identidad de este joven palmareño. No es mal inicio, comenzar por adentrarse en sus textos.

Un relato corto   «Despierta»   

Despierta es un relato corto. Es una historia de ficción inspirada en la dura labor que es educar en nuestros días, que saca a escena a un viejo profesor a las puertas de la anhelada jubilación y a un alumno con rendimiento académico en decadencia debido a su gran entusiasmo por los vídeojuegos. La autoridad del adulto pasa por momentos convulsos y dubitativos haciendo del respeto a progenitores y docentes un privilegio más que un derecho. Y como motor de la discordia: la tecnología. Ya nuestros pequeños dejaron el pan bajo el brazo para acoplar un smartphone en su lugar; lo que aún seguimos persiguiendo es ese equilibrio que permita un uso adecuado de los dispositivos alejado del denigrante manejo de mal gusto, obsceno, adictivo e inapropiado contenido que circula en la red de una punta a otra del planeta.

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«DESPIERTA»

Era la primera vez. Cayó inesperadamente como un relámpago. De un modo tan frío que quedé paralizado. Aquel mensaje cifrado de cariz punitivo me hizo reflexionar. Desde ese preciso instante todo cambió.

     A duras penas superé todas las áreas de Primaria. Seis años de paseo por la Escuela. Todo el tiempo en que las lecciones de don Ignacio (alias “Mortadelo”), doña Pepita (alias “Olivia”, la de Popeye) y otros docentes resbalaban por mis oídos. Sin dejar poso por el escaso interés que suscitaba en mí el currículum educativo. Sin embargo, mi entusiasmo se volcaba en el universo de los videojuegos. El manejo de “la Play” daba sentido a mi vida. Abducido por la pantalla, la virtud innata me transformaba. Mi torpeza como deportista en el patio se diluía a golpe de pulgar. Mi repertorio de habilidades futbolísticas subía como la espuma frente a la pantalla. Me disfrazaba de un fuera de serie durante las largas horas que pasaba con la “maquinita”

– como mi madre la había definido.

– No sé qué hacer. Estoy desesperada. No me hace caso.

¿Ha probado a esconderle los videojuegos?

Sí. Pero rastrea toda la casa y al final los encuentra. Y cuando no es “la Play” enciende el ordenador, la tableta o el móvil.

– Entiendo— asintió la docente—. Señora Lax, debe mantenerse firme e inflexible con las normas de uso de dispositivos electrónicos. Si su hijo ve ineficaces las consecuencias derivadas de su incumplimiento nunca cambiará de conducta— la maestra expuso con el semblante cargado de seriedad y desazón.

Pero es que si no le dejo le entra ansiedad. Llora. No puedo verlo sufrir. ¿Usted me entiende, verdad?

No – sonó como un bombo budista-. Si continua así el muchacho empeorará. Hágame caso y siga las pautas que le dije. No obstante, hablaré también con un colega de profesión que ejerce en el instituto. Quizá pueda ayudar a su hijo.

     Tras aquel verano de sobredosis de Pro Evolution Soccer, empaparme de los vídeos con partidas de ensueño de mis gamers favoritos y chatear en los once grupos de Whatsapp para paliar el aburrimiento estival, llegó el instituto.

     Había crecido diez centímetros y una leve sombra se había instalado sobre mi boca. Me sentía mayor. Flotaba sobre nubes de grandeza mientras las palabras de mi madre sonaban lejanas. En las antípodas de mi mundo. Todo empezaba por “tienes que” y yo impertérrito esbozaba un “luego”, sabiendo ambos que no llevaría a la práctica lo encomendado.

     Las lecciones seguían resultándome densas. Infumables. Más, incluso, que antes. Por lo que mi desconexión durante las clases creció exponencialmente. En el aseo, a hurtadillas, escrutaba el móvil. Las conversaciones de Whatsapp no habían variado, por lo que una partida al Candy Crush me hacía la boca agua. Una rápida y ya está. Para no levantar sospecha. Pero los caramelos sabían dulces en mi mente. Eran adictivos como una droga. Mis dedos acariciaban la pantalla para seguir degustando aquellas virtuales delicias. De repente, la puerta del escusado crujió por lo que bajé el volumen a toda prisa. La pisada era más gruesa que la de un adolescente. Sin duda. Los latidos de mi corazón se dispararon. Algún profesor había entrado.

Ay, señor. Dame paciencia- farfulló mientras se bajaba la bragueta. El pedo que afloró, largo como el “Vincerò” de Pavarotti y potente como el rugido de un Cadillac, despertó en mí una risa que a duras penas podía contener. En ese momento, en el que gotas de sudor resbalaban por mis sienes, me infligí la apnea para no estallar en carcajadas. Pero el hombre me lo estaba poniendo complicado. – Me cago en la madre que los parió. Qué insoportables. Al del mechón azul lo ahostiaba vivo si pudiera. No se calla ni debajo del agua. Y encima tiene los santos cojones de desafiarme con la mirada -escupió un gargajo con el que involuntariamente acertó en su zapato.

     Por su discurso, no falto de razón, deduje que se trataba de mi recién estrenada clase. Un primero de la ESO de ensueño. El elenco en ella congregado, con el del mechón azul como máximo exponente de la destrucción, sacaba de sus casillas a don Ramón. Era la primera vez que escuchaba a un profesor desnudar sus sentimientos. Que también su culo como una trompeta desgarrada. Tras aquella batalla encarnizada conmigo mismo para calmar la risa, en la que comenzaba a atisbar signos de alivio, una estampida de mensajes de Whataspp- cada cual más denigrante y baldío- se concentró en mi teléfono y dilapidó el silencio que había contenido en los minutos previos. Ahora estaba a su merced. ¿Y si se le ocurría entrar y descargar su ira sobre mí? Lamentablemente, yo pertenecía al grupito de última fila que más baja atención dispensaba a sus disertaciones.

-¿Hay alguien ahí?

Seguí callado con la respiración contenida.

– He oído un móvil y sé que te escondes. Haz el favor de salir. Es por tu bien.

     Aquel “es por tu bien” me recordó las incontables veces que mi madre lo había enunciado por mí. Aunque ella, nunca se había dejado llevar por la ira. Por mucho que elevara el tono siempre tuve la certeza de que no iría más lejos. Pero, don Ramón no era ella. Además había entrado al servicio muy caliente y con una declaración de intenciones: A alguno lo “ahostiaba” si pudiera. ¿Qué le iba a impedir sacarme de allí a palos como a una estera? Probablemente, esa conducta le costara el puesto aunque por su apariencia debía estar a punto de jubilarse. ¿Qué tenía que perder? Seguro que cuando informara a mi progenitora de que había fingido mis aguas menores para jugar con el teléfono, estando su uso prohibido durante las horas lectivas, le darían la razón.

     Para certificar mi presencia, el docente adoptó la postura como si fuera a recoger unas monedas del suelo. Aunque intenté subirme a la taza del retrete, mi nefasto equilibrio y  lamentable destreza motriz— solo poseía esa virtud en mis pulgares— terminaron por delatarme.

– ¡Anda! Si tenemos aquí un desertor jugando al gato y al ratón- aquel tono maquiavélico me aterrorizó-. Contaré hasta diez para que salgas.

¡Hombre, don Ramón! Soy Germán, el fontanero—modulé mi voz intentando hacerla más adulta. La cuenta proseguía y el docente no era tan imbécil para tragarse mi impostación barata. Ya iba camino de los tres últimos números y el miedo guió mi mano para abrir la puerta. Le saludé con un “buenos días, profesor”

– ¿Buenos?Yo no diría eso. ¿Te parece bien lo que estás haciendo, Gustavito?— reprochó acentuando el diminutivo, queriendo remarcar mi infantil comportamiento.

– La verdad que no, don Ramón. Ha sido un fallo pero es que en los tiempos que corren los jóvenes usamos el teléfono para estar al día. Incluso con fines educativos— justifiqué como el que juega a la lotería sabiendo la escasa probabilidad de acertar. Don Ramón asentía boquiabierto a mi respuesta.

– ¡Ah, vale! De acuerdo. Será eso; el uso educativo de las nuevas tecnologías— el docente repuso con acusada ironía al tiempo que se acercaba a mí— ¿Cómo no me había dado cuenta? Permíteme que corrobore el buen uso de este cacharro y recibirás mis disculpas de inmediato— don Ramón no esperó a que le entregara mi Samsung, literalmente lo arrancó de mi mano. Estaba a su merced. Sin escapatoria.

     El docente chequeó las aplicaciones que tenía abiertas. Ninguna de contenido pedagógico. Ni un triste periódico digital del que se desprendiera un liviano interés por la actualidad. Nada más lejos. El abanico de webs comprendía juegos online, chicas en paños menores, vídeos escabrosos de Youtube con reggeaton del más denigrante conocido y posts de redes sociales con selfies y hedonismo por doquier.

– Vaya, vaya—don Ramón levantó la vista por encima -celular para clavar sus pupilas en mí—. Tu madre tenía razón. Te estás empapando de buena mierda, sí. No hay duda que entre los vídeojuegos y toda la basura que consumes en el smartphone vas en caída libre hacia el fracaso. ¿Es eso lo que quieres, Gustavito? ¿Echar por tierra todo el esfuerzo de tu madre para que puedas estudiar en este instituto? Sabes de sobra que no todo el mundo puede pagar esta enseñanza. Sabes que no todos los jóvenes de tu edad pueden estudiar. El mundo es mucho más que tu ombligo. El tiempo es oro y tú lo estás desperdiciando como si fuese cieno.

– Hago lo que me da la gana. Y usted no se mete en mi vida, ¿se entera?— objeté como solía hacer con mi madre. Debían ser las hormonas de los quince añitos. El cerumen que impide oír la sensatez adulta que trata de reconducir tu euforia y devolver los pies a la tierra. La arrogancia juvenil de los primeros cuatro pelos del mostacho. La sinergia de osadía y desvergüenza en un cocktail de provocación. Don Ramón no pertenecía al paradigma educativo moderno. Más bien, seguía instalado en la corriente conductista. Sí, la de “La letra con sangre entra”. La del apaleado perro de Pavlov o las ratas electrocutadas de Skinner. Y una vez agotadas las medidas constructivas, y colmado el vaso de su paciencia, oscureció aquel aseo. Y eso que eran las doce del mediodía.

     El estruendo sonó a escasos centímetros de mi cabeza. El puño de don Ramón se incrustó en la madera de la puerta en la que apoyaba mi espalda. Crujió como en un seísmo. Sonó con crudeza. Llevaba un mensaje subliminal: ¡Despierta!¡Despierta ya, joder! Del susto se doblegó mi esfínter generando un reguero de orina que empapó mis pantalones. Quedé transpuesto por el impacto. Parecía haberme trasladado a otra dimensión en la que escuchaba una voz que me resultaba familiar. No era la de don Ramón. Esa voz firme cargada de autoridad era la de mi padre. El que perdí cuando apenas había iniciado la Primaria. Cuánta falta me hacía oír su voz aunque proviniese del más allá. Comprendí entonces que mi profesor ejercía de intermediario. Él me hizo llegar las palabras como ave mensajera:          

“No falles a tu madre.”

“No falles a los que te quieren y se preocupan por ti”.

“No falles a los que ya no están y observan cada paso que das.”

“No te falles a ti mismo”

     Cuando quise disculparme, don Ramón se había marchado de los aseos. Intuyo que a curarse la brecha que aquel monumental porrazo le había causado. Así fue como la hostia de don Ramón me abrió los ojos. No contactó directamente con mi cuerpo pero sí con mi alma. No sufrí daño físico alguno aunque por primera vez en años percibí el dolor de corazón. Me arañó el dolor que le causaba a quien más quería, mi madre. Y sentí lo poco que me estaba queriendo. Esa hostia de realidad me despertó del letargo. Me alejó de mi adicción a los videojuegos y del caldo de idioteces que se cultivan en la red. Me centró en los estudios y me impulsó hacia el éxito. Hoy, ocho años más tarde, me gradúo. Sé que don Ramón y mi padre, dondequiera que estén, se sentirán orgullosos de mí. 

Jan de Vita       

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