La leyenda árabe del «Mora encantá de la Piná er Tizón», leyenda propia de El Palmar,

por

 

Mari Carmen Torres, profesora del instituto Carrascoy nos cuenta lo que le pasó al Pepurro, una leyenda árabe ocurrida en el pilón del agua de la Pinada que el escritor Díaz Casoou recoge en sus escritos panochos.

LA MORA QUE HABÍA ENCANTADA EN LA FUENTECICA, El PILÓN DEL AGUA DE LA FINCA DE LA PINADA DE TIZÓN. (Leyenda árabe palmareña que el escritor murciano Díaz Cassou recoge en su libro Literatura Panocha)

En una ocasión bajaba un tal Pepurro, que era de los Bartolones “del” Palmar, el puerto de la Cadena hacia abajo. Era el día de la Ascensión, y traía el hombre con su burra una carga de leña para venderla y para que su madre guisara en un día tan señalado.

Porque han de saber todos que el Pepurro era un buen hijo y tan cumplidor que se estaba quedando mozo rezagado y todo para que no le faltara nada a la vieja de su madre. Aquel día de la Ascensión, hacía un caneo, un calor sofocante.

Por aquellas huertas y regadíos del puerto de la Cadena, bajaba el pobre Pepurro pensando nada más que llegar a la fuente de la Pinada, diciendo para sus adentros:

-Cuando llegue, me tiro al pitorro y no lo suelto, como si fuera una sanguijuela.

Y al llegar el Pepurro, al chorro de la fuentecica, se hizo una carrera dejándose atrás la burra;

Y ¡hombre qué cosa!… ¡qué cosa!…

En el momento que arrimaba la boca, el chorro paró, y la fuente y el pilón se quedaron secos.

En aquel momento oyó el Pepurro que estaban dando las doce en el reloj de la Catedral de Murcia.

– Esto es cosa de hechicería, dijo el pobre con la lengua seca y pegada al pitorro.

Al dar la última campanada de las doce, una vieja muy vieja, arrugada como una pasa, salió detrás de un árbol de la entrada, con una jarra verde que se la metió por los ojos al Pepurro, se fue hacia él y, enseñándole su boca que no tenía un diente y temblándole mucho la voz, le dijo:

– ¿Quieres agua?

El zagal alargó la mano para coger la jarra y beber «a cañete», pero la viejecita se echó para atrás, y le dijo:

-Pues antes me has de dar un beso.

-¡Habrá vieja fea y sin dientes!  Soltó el Pepurro,

Y fue a quitarle a la mujer su jarra; pero la vieja la rompió contra el suelo.

Tan presto como fue romperse la jarra, desapareció la viejecita, y oírse el “chorrico” de la fuente, y ver que el pilón estaba lleno como de costumbre.

Pero el Pepurro vio algo raro en la fuente y dijo:

-Este guisado tiene moscas, pues lo que es de esta agua no beberé yo –

Y siguió su camino, abrasado el hombre, hasta que llegó a la Paloma, donde se bebió una jarra entera.

Al llegar a El Palmar, el Pepurro le contó lo que había pasado al Señor Cura, y el Señor Cura le dijo:

-Oye Pepurro ¿te habías parado mucho en el ventorrillo de Venta de la Virgen?…

Y como se había parado, el zagal se abochornó, y se le caía la cara de vergüenza

Cada vez que se tropezaba con el Cura, este le decía:

-Oye Pepurro ¿sabes si corre o no corre la fuente de la Pinada?

Al año justo, y en el mismo día de la Ascensión, Pepurro, subía hacia el puerto de la Cadena para hacer una carga de leña e iba diciendo:

– el leñador no tiene día señalado, y si el día es fiesta y no va a la sierra, al otro día no come –

Si ese día el Pepurro subía el Puerto a mediodía, justo a la hora que están todos los leñadores de vuelta, era porque había estado aquella mañana de boda, se había casado su primo Paco el Bolón, y en ella habían estado el Pepurro y su madre,

Y subiendo el puerto seguía diciendo.

– ¡Como tiraba la “pobrecica” de mi madre de lo que han sacado en la boda del Paco!, yo tampoco lo he hecho muy mal – He comido todo lo que he querido.

– Así me tira la sed, que estoy deseando por llegar a la fuente de la Pinada.

Y al llegar, se dejó caer de la burra porque iba algo mareado, y se tiró al chorro; y tan presto como sintió el frescor del agua en la boca, se paró el chorro, y alzó la cabeza y oyó a lo lejos que daban las doce en la catedral de Murcia

Y no sonó la última campanada, cuando salió la misma “viejecica” y la jarra verde, que le decía:

-Si quieres agua, toma; pero dame un beso.

Y aquella vez el Pepurro, como iba algo tocado, le hizo gracia y por bufonada repuso:

-Pero no ha de ser más que uno… una docena te voy a dar…-

Y se lanzó a la “viejecica”, cerró los ojos y le plantó un beso donde le pilló, y no le dio más porque le pasó una cosa rara por todo su cuerpo.

Cuando todo pasó y abrió los ojos, vio una mora a su lado más guapa que una peseta isabelina, con un vestido muy bordado, que le decía con una voz muy romántica:

– ¡Me has desencantado! yo era la fuente que estaba corriendo hasta que viniera el que había de desencantarme. Ahora mismo vamos a subir al castillo del Puerto, a desenterrar mis tesoros, y a irnos a mi reino donde me están esperando sabe Dios cuantos siglos.

Y Pepurro, pasmado se quedó allí hecho un alma de… cántaro.

– ¡Vamos pronto! decía la mora.

Y Pepurro, allí pasmado y tirado, sin saber lo que le pasaba al hombre.

Y la mora viendo que no se movía, le metió la mano por detrás, en medio de la faja, y levantándolo para arriba, gritó

-ARZA PICÚA, ¡levántate cobarde!,-, pero Pepurro, como si fuera de plomo.

Entonces le dijo la mora:

– ¿Es que llevas rosario?, ¡quítatelo! -.

Y entonces fue cuando Pepurro vino a caer en lo que todo aquello quería decir, y como no podía hablar, del susto, no dijo más que:

– ¡Jesús, María y José!

Y fue decirlo, vio un relámpago que le pasó por delante de los ojos, sintió como si con la maza de picar esparto le hubieran pegado en el cogote. Pensar en todo esto y caer al suelo, todo fue uno.

La burra se volvió sola a la casa, y al verla la madre del Pepurro, empezó a gritar y decir que a su hijo le había pasado algo.

El Señor Cura cogió el bastón y tomó el camino hacia el Puerto, porque quería al Pepurro

Al encontrarlo junto a la entrada del carril de la finca de Tizón, le dio con el pié, porque estaba tendido con los brazos y las patas abiertos; y cuando a fuerza de patadas lo despertó,

Le dijo:

– ¡Vamos hombre! ¡Tú las tomas pocas, pero buenas! ¿Has santificado la fiesta?

Y el Pepurro no dijo nada, pero le señaló al Señor Cura la fuente que estaba en seca.

Desde entonces el pilón del agua que había en la entrada del camino de la finca de la Pinada-Tizón, donde siempre manaba agua fresca y clara, no volvió a dar una gota.

El pilón del agua fue derribado, cuando se hizo la ampliación de la carretera de Cartagena.

Texto adaptado por Enrique López Lujan.

 

LAS HADAS MURCIANAS

José-Emilio Iniesta González en su investigación sobre las hadas en su «Mitología Popular de la Región de Murcia» escribe:

«Todos tenemos hoy en mente el modelo de hada germánica o anglosajona, difundido por los cuentos de Hans
Christian Andersen, los hermanos Grimm o las películas de Walt Disney, pero las hadas españolas son distintas, entre otras otras cosas porque por aquí casi nunca se les ha llamado «hadas». En España las hadas descienden de las ninfas greco-latinas, similares a su vez a las hadas célticas y «rusalkas» eslavas: espíritus femeninos vinculados al agua, dotados de poderes sobrenaturales y con capacidad para hacerse invisibles, cambiar de aspecto, etc. Buen ejemplo de ello lo tendríamos en las xanas de Asturias (hadas tutelares de lagos, fuentes y ríos, cuyo nombre es derivación bable de «Diana»), las anjanas de Cantabria o en la mágica ondina que protagoniza Los ojos verdes de G. A. Bécquer, bellísima recreación de una leyenda de la provincia de Soria.

En cuanto a las hadas murcianas (casi nunca nombradas así) descienden tanto de las ninfas como de las huríes árabes, náyades pre-islámicas luego identificadas con ángeles femeninos, sin olvidarnos de otra clase de hadas arábigas que aparece en «Las Mil y Una Noches»: la sabiya sihriya (doncella hechizada). Las hadas-ninfas (o
huríes) murcianas, asociadas a manantiales raquíticos que brotan casi por milagro en años lluviosos, se han convertido generalmente en moras hechizadas, siendo su ejemplo más interesante y hasta modélico el de la «Mora encantá de la Piná er Tizón», leyenda propia de El Palmar, recogida por Pedro Díaz Cassou en habla murciana.

Resumamos la historia: Pepurro, vecino de El Palmar, encuentra un día de verano al pie del Castillo de La Asomada una fuente de la que mana bastante agua, y junto a ella, un vieja repulsiva. Sorprendido por el insólito hallazgo, y sediento a causa del calor, Pepurro va a beber, pero la vieja le cierra el paso, pidiéndole que la bese en la boca, a lo que se niega el mozo con asco. Al instante desaparecen la vieja y el manantial. Esto ocurre varios días, y al fin Pepurro, haciendo de tripas corazón, accede al beso y he aquí que la anciana se convierte en una mora guapísima, que le propone desenterrar un tesoro de sus antepasados e irse a vivir juntos a un palacio de Marruecos. Pero como al palmareño Pepurro, que llevaba al cuello un rosario, se le ocurrió exclamar «¡Jesús, María y José!», la mora encantada se espantó y desaparecieron al instante tanto ella como las riquezas y la fuente. Precisamente esta leyenda ha sido escogida por Jesús Callejo como prototipo de hada murciana. (Aunque debemos precisar que el mito de las «moras hechizadas» se extiende por buena de España, y llega hasta Galicia. Y es que la mitología popular poco o nada sabe de fronteras administrativas, autonomías,
nacionalismos y demás zarandajas)».

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